No se trata de ustedes

VENEZUELA | Por Ayelén Correa – Escribo en la coyuntura del día 8 de Marzo, el llamado Día Internacional de la Mujer Trabajadora o Día de la Mujer, a secas. Que aunque se conmemora por una importante y trágica jornada vivida en los cuerpos de las mujeres trabajadoras, se ha recordado siempre como fecha para regalar flores y bombones o para consumir cualquier cosa. Para este año, asistimos a la previa de una jornada con condiciones totalmente diferentes.

En primer lugar, porque las mujeres concientes y organizadas, junto con la participación espontánea de miles de mujeres diversas en latitudes igualmente diversas, decidieron emprender el camino de un Paro de Mujeres. Es decir, un paro laboral con perspectiva y conciencia de género: paramos porque somos mujeres, como mujeres paramos.

En el marco de este escenario mediatizado, cientos de miles de personas comunes se han visto motivadas, interesadas e interpeladas con algunos temas-problemas de las mujeres. Enhora buena. Más aún, mucha dirigencia y militancia de organizaciones, movimientos y partidos políticos de izquierda y centro izquierda se ha propuesto realizar actividades, documentos y acciones, solidarizándose con las causas de las mujeres. ¡La esperábamos hace tiempo, por fin llegan!

Sería oportuno que este torrente de organizaciones sociales y partidos políticos de izquierda, que comienzan a vincularse o participar de las luchas de las mujeres, consideren y reconozcan a todas esas mujeres y colectivas que vienen andando un camino. La humildad y el respeto a la trayectoria histórica es un principio valioso cuando se trata de revolucionar nuestras vidas.

La trampa de lo masivo

Siempre me he preguntado por el carácter hegemónico de nuestras luchas. Cuando se vuelve tendencia y obtiene cierta legitimidad en algunos sectores y territorios, ¿nos sirve? Aunque esa no es la pregunta que interesa, que de seguro encontrará muchas respuestas afirmativas. La pregunta que nos importa es: ¿Para qué nos sirve? ¿A dónde nos llevará y por dónde? Porque claro, una cosa es el horizonte (los objetivos) y otra el camino (el método, los instrumentos).

Acordamos en que: un objetivo de todas y todos los que deseamos transformar el mundo transformándonos a nosotros y nosotras mismas; es masificar las luchas, concientizarnos y concientizar de que tenemos que ser cada vez más para terminar con la violencia, opresión y saqueo del patriarcal capitalismo. Es decir, la legitimidad social que obtuvieron el NIUNAMENOS de 2015 en Argentina y otros puntos, así como ciertos debates -oportunos y oportunistas también- que se han venido sucediendo pueden ir en ese camino, aunque es imposible saberlo, porque con los movimientos de movimientos no se puede hacer futurología.

Sin embargo, el tema de masificar las luchas no es tan sencillo. Mucho menos en lo que atañe a las opresiones que no han sido prioridad para las mayorías políticas, como son el racismo y la inequidad entre los géneros. Quiero decir: no es ni va a ser suficiente con que seamos muchxs. Es que el tema de la masividad no tiene que ver con números, sino con la cualidad de los principios ideológicos que la sustentan y orientan. Vale, somos muchxs, ¿Pero qué hacemos? ¿A dónde vamos?

Siento que con el tema de la masividad, como militancia feminista de base, corremos el riesgo de volver a perdernos en la otra Revolución, a mirar a los demás sin mirarnos nosotras, a convencer, a “evangelizar”, a debatir, a justificarnos por nuestros principios, decisiones y acciones, a ser La Puente del mundo, diría la afroamericana Kate Rushin. Otra vez, el centro del mundo son los demás y nosotras mano de obra “luchadora”, “fuerte”, “militante”, etc. (todos atributos “positivos” que nos han colocado otros, sin posibilidad siquiera de que nosotras mismas nos definamos). ¿Cómo nos construimos? ¿Cómo nos sentimos las mujeres con conciencia de nosotras mismas?

Es que no poder pensarnos a nosotras significa que somos lo que desde la otredad han definido, a veces con magníficas intenciones, otras con ingenuidad. Pero el sistema de dominación no es ingenuo y tiene intenciones perversas, respecto a qué hacer con nosotras y nuestros cuerpos.

Nos vemos en la obligación militante, crítica y feminista de reflexionar. Porque estos movimientos de ideas y también de tetas, han causado otros movimientos al interior de espacios de debate, redes sociales, ámbitos de trabajo, colectivas de mujeres, movimientos sociales y partidos políticos. Es que otra vez tenemos que dejar de ocuparnos de “nuestros temas” para explicar y justificar a los demás el por qué de “nuestros temas”. Y que no se interprete de manera mal intencionada: no estamos diciendo que no hay que debatir y disputar el sentido común, sino que hay que evaluar hacia dónde nos llevan esos debates y hacia dónde queremos ir con ellos. No es lo mismo una polifonía en el transporte público en nuestra vida cotidiana que una clase en un establecimiento educativo o la reunión ordinaria de un colectivo o un partido político. Son diferentes escenarios y habrá diferentes exigencias, pero los principios son los mismos.

Aunque si esos ámbitos de disputa del sentido común, son en realidad una trampa para la desmotivación, el ejercicio de la violencia entre camaradas, el desgaste en la participación o el enfrentamiento de egos, eso deja de disputar sentidos. Eso es: el aniquilamiento total de nuestros gérmenes libertarios. En lugar de tranformar nuestra cultura, la estamos reproduciendo y conservando.

Quiero referirme especialmente a un tema que para la militancia feminista parece tener trayectoria, pero que para mujeres que están intentando modificar sus relaciones de participación y militancia política puede ser agotador y hasta doloroso. Me refiero a la total falta de comprensión por parte de la militancia política de izquierda, en general, de la necesidad de las mujeres -nosotras- de generar, promover y sostener espacios de reflexión, acción y decisión sólo de y para mujeres.

Cuando las mujeres organizadas esbozamos esa idea estalla el problemón. Se nos ocurre plantear eso y comienza la catarata de denigraciones y valoraciones negativas por parte de compañeros y compañeras alienadas -o en posiciones subjetivas desfasadas- que todavía no han podido asumir su conciencia de género. Y nunca pero nunca se comprende ni nuestra necesidad de encontrarnos entre mujeres ni nuestros argumentos teórico-práctico políticos para sostener dicha iniciativa.

Sectarias, radicales, hembristas, son algunas de las bellezas que bombardean. En el mejor de los casos cedemos y declinamos en nuestras posturas ideológicas para poder hacer las cosas “con unidad”, “en colectivo”. Porque la unidad y el consenso solamente rigen para nuestras iniciativas, y las sacrificadas somos nosotras y nuestros principios, otra vez. En el peor de los casos, quedamos deshechas, con ganas de ir a la cama y no enfrentarnos nunca más a esa violencia suscitada por parte de compañeros y compañeras que están de nuestra misma vereda, pero sin querer entender nada de nosotras.

Con el clasismo obrero se entendió muy bien: los explotados y explotadas necesitamos tomar conciencia de nuestro rol en la emancipación, para unirnos y enfrentar las cadenas del opresor. Salir de la falsa conciencia, asumir nuevas posiciones, tomar conciencia de la clase a la que pertenecemos -la explotada- y salir a la batalla.

Con el feminismo popular no ha sucedido lo mismo. Nadie parece querer entender que para lograr superar nuestra opresión de género y la división sexual del trabajo, debemos también salir de la enajenación que el capitalismo patriarcal estructuró para nosotras, debemos reposicionar nuestras subjetividades, que en el caso de las mujeres -debido a la explotación sobre nuestros cuerpos, nuestra sexualidad para el placer y para la reproducción-, requiere niveles de confianza e intimidad de una profundidad que ningún ser humano colonizado tiene la disposición de comprender. Por eso siempre vamos a necesitar y defender espacios sólo para nosotras, como una iniciativa a favor nuestro y en contra de nadie. ¿Por qué se convierte en pecado capital?

Sea desconocido en el supermercado, compañero de militancia, intelectual comprometido, compañero de trabajo; no importa quién, pero el único hecho de plantear la posibilidad de espacios nuestros, abre al debate público. Otra vez todxs pueden cuestionar nuestras decisiones. A ese punto llega la objetivación de las mujeres en nuestras sociedades.

A pesar de que el patrón civilizatorio del capitalismo se ha adueñado igualmente de la vida y los cuerpos de todos los seres humanos, nuestra alienación adquiere características especiales, convirtiéndonos en utilidad no solamente del Capital, sino de todos los explotados.

Es que nos han jodido tanto, que nosotras -las mujeres- no conocemos ni siquiera nuestros genitales, no sabemos qué forma tiene nuestro útero, nos da vergüenza decir que disfrutamos la sexualidad y la masturbación. Somos violadas en nuestras primeras experiencias sexuales y tenemos sexo forzado en nuestras parejas porque no tenemos la autonomía para reconocer nuestro propio placer y tomar decisiones, porque estamos out si no lo hacemos antes de los 20 o si nos quedamos solteras después de los 35. Porque nuestra vida tiene sentido solamente en relación con un varón. Porque todas en algún momento de nuestra vida sufrimos al menos un tipo de violencia sobre nuestros cuerpos.

Tan irreconciliadas estamos con nosotras mismas que nos da asco nuestro ciclo menstrual y repetimos mil veces que nos gustaría que desapareciera. Por todo esto y por una lista muy larga de cosas más, es que también necesitamos espacios solamente para nosotras. Para amigarnos, para hermanarnos y encontrarnos con nosotras, para hacernos dueñas de nosotras mismas. Tenemos que comprenderlo, los hombres y las mujeres, tenemos que entenderlo. No es porque seamos enemigxs, no les estamos culpando de nuestras desgracias, no se trata de ustedes, se trata de nosotras.

Egos

Provoca una gran amargura tener que suplicarle a un compañero para que no se enoje, para que no lo tome a mal, pero que no vamos a darle vocería en nuestro espacio de mujeres para que presente una conferencia sobre cómo sufrimos las mujeres. Amarga tener que repetir una y otra vez que no se trata de él, ni de su “saber”, ni de su “género” ni de sus genitales; explicarle que se trata de UN espacio -¡Uf! Es solamente uno- donde nosotras hablemos por nosotras y no tengamos que escuchar cómo otros nos describen. No se trata de buenas intenciones, no se trata de frases célebres y reivindicaciones de Frida, Violeta o Manuelita.

Habrá muchos y diversos espacios por venir donde podremos encontrarnos, profundizando nuestros debates y planificando nuestros futuros. Pero no nos hagan distraer y perder el tiempo en cuidar sus egos, llenando sus vacíos. La única manera en que podemos construir una lucha compartida, es en el marco del respeto y la humildad recíproca. Se trata de nosotras, no se trata de ustedes.

Cuando podamos comprender que todo el mundo no gira alrrededor del mundo de los varones; cuando podamos comprender que el mundo de los varones se ha impuesto como forma de vida, más allá de los propios varones y mujeres; cuando podamos ser humildes en lugar de usar la retórica de la humildad, podremos cambiar nuestra realidad. Mientras tanto, interpretamos papeles de un teatro cínico y perturbante, que en el caso de las organizaciones políticas es sumamente cuestionable.

Autora: Ayelén Correa correayelen@gmail.com

País: Venezuela

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