Construyendo Comunicación

ARGENTINA | Por Norberto Ganci – Creemos que en estos tiempos debemos insistir en un llamado de atención en cómo utilizamos medios, con qué estrategias y hacia dónde dirigimos nuestros esfuerzos comunicacionales.
La militancia en las trincheras internáuticas puede ser efectiva a la hora de una convocatoria; pero para concretar el hecho informativo, no lo consideramos suficiente; menos aun teniendo en cuenta que difícilmente la información o el mensaje llegue efectivamente a aquellos sectores a los que tenemos que clarificar.
Nos paramos en un lugar en donde sostenemos posturas y afirmamos convicciones, pero no provocamos la interacción con los que vienen siendo presos de la información condicionada, amañada y tendenciosa.
Entre nosotros nos convencemos, nos informamos…pero… ¿y al resto de aquellos que votaron por “el cambio” y también se ven perjudicados por más que los monopolios de desinformación los alienen?…
¿y a ese importante porcentaje que votó desde la furia, el asco, el odio, la intolerancia, el desagradecimiento, la ignorancia, etc.? ¿Cómo llegamos con la información que pudiese darle la oportunidad de “re-pensar” actitudes, opiniones y acciones?
¿no es hora de saltar de manera dramática ese cerco de negligencia desinformativa para llegar con lo que sabemos y así dar vuelta la tortilla?…
Tal vez nos estemos equivocando en el qué y cómo asumimos la comunicación… Entre nosotros vamos a discutir y de seguro llegaremos a una opinión compartida…pero tenemos que llegar a la necesaria y urgente confrontación con el que piensa diferente, el que comprende desde sus particularidades e intentar la comprensión y el análisis…
Deberíamos poder replantearnos las estrategias y escenarios, espacios comunicacionales y a dónde llegamos…
Podemos comprobar cómo, desde la adulación fácil y el fanatismo, se han entronizado personas como los únicos y auténticos comunicadores. Ello conlleva un daño mayúsculo a la hora de “construir comunicación”.
Porque, más allá de legitimidades, se repiten los mismos formatos, las mismas recetas, las mismas estrategias, haciendo que la comunicación se transforme en una disputa casi deportiva, poniendo de un lado y del otro a rivales que son alentados por exultantes fanáticos que sólo, y como meros espectadores, vivan y abuchean sin aportar en nada al hecho comunicacional, esto es, al esclarecimiento y a la comprensión de la realidad.
No somos actores de una contienda deportiva, somos victimarios y víctimas de la labor desinformativa que también aliena y condiciona, tergiversa y oculta.
Hubo tiempos en que la comunicación nacía desde bien abajo, desde las entrañas mismas de los pueblos, donde se aunaban reclamos, necesidades y urgencias con el desarrollo de pensamientos políticos sociales, producto de una formación militante concreta, con la discusión y la confrontación que viabilizaban marcos teóricos, argumentaciones doctrinales.
En el interior de las fábricas, de las universidades, en los clubes de barrios, en todo lugar que pudiese congregar a quienes conformaban luego lo denominado como masa crítica, se daba esa construcción comunicacional que partía de los diferentes conocimientos, de las diferentes interpretaciones. Éstas conducían a esa riqueza intelectual que no partía de manuales, de decálogos ni mucho menos de consignas y muletillas. Era la comunicación desde las bases sociales.
Podemos comprobar cómo, al igual que los monopolios de desinformación y fundamentalmente en las redes sociales, se multiplican las estrategias distractivas que imposibilitan un análisis consciente de la realidad.
Alguien enuncia un hecho sin un chequeo certero, lo viraliza y comienza a rodar como indiscutible. Cuando ese hecho logra ser desmentido, ya es tarde, fue mucha la cantidad de personas que no tuvieron la oportunidad de saber lo que en realidad ocurrió.
Y es muy probable que todo esto que intentamos compartir, como disparador de una discusión profunda, resulte desagradable y pasible de ser objetado por “las voces autorizadas de la comunicación”; lamentaríamos mucho que ello pueda ser así, pero no podemos quedarnos en el silencio, sin advertir lo que consideramos errores conceptuales y repeticiones peligrosas.
Recordando un trabajo del genial José Saramago, que ya tiene un tiempo considerable en su vigencia, en él hacía referencia a la red internet y, en su momento, a lo que Saramago sostenía que era una falacia considerar que todo el mundo estaba comunicado.

Algo o mucho de razón tenía, y aún la tiene. No por poseer celulares, tablets, cpu’s y estar conectados a la red estamos comunicados. Son muchas y muchos que permanecen aún más desvinculados de la realidad mundial y la inmediatamente circundante a ellos, ellas.
Si nuestro “estar informados” parte de la suposición de que sabemos algo porque alguien lo publicó, caemos en el mismo error que se cometía al repetir como verdad lo que un solo medio nos imponía. Peor aún cuando la denominada autocrítica del campo nacional y popular, está lejos de tratarse y mucho más lejos de serla; sino que se reduce a desmerecer los logros obtenidos o bajar dirigentes de los palcos.
Y nos llenamos la boca y los posteos de democracia, pero solo nos recargamos de datos sin trabajar los argumentos y las estrategias apropiadas para convencer a los ajenos, quienes votan, aunque estén del otro lado de la grieta. Con esta concepción de democracia sin trabajo político de base, la derecha se eternizará en el estado, pues cualquier otro planteo será calificado de autoritario.
Si no queremos que ello suceda, y si queremos mantenernos en el ámbito de estas democracias burguesas, tenemos que salir de las redes, dejar los teclados, munirnos de militancia callejera y practicar la comunicación real, la palpable, la que se construye desde el barro.
Los dioses de los medios, desde ambos lados de la grieta, nos quieren señalar cuál debe ser el pensamiento y la opinión. Porque nos quieren lejos, muy lejos de donde se deben dar las auténticas batallas. Y nos adornan con mensajes como que la esperanza será la única que habrá de salvarnos, pero no nos habremos de salvar sino asumimos nuestras responsabilidades en la construcción de un mensaje, de una consigna surgida desde lo más profundo de nuestras identidades y realidades.
La batalla de los teclados es importante, pero no es la más importante, la más sustancial. La auténtica guerrilla comunicacional está en las calles, en los barrios, las plazas, los hospitales, las escuelas y las fábricas, y la debemos llevar adelante con la inclaudicable premisa de sostener nuestras convicciones e ideales, conscientes que el enemigo se habrá de valer de todos los medios a su alcance para doblegarnos, someternos y esclavizarnos.
Seamos capaces de construir esa comunicación que privilegie nuestro irrestricto derecho a la libertad e independencia.

Que así sea.
Norberto Ganci
El Club de la Pluma | Argentina

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